
El mago hace un juego y alguien del público, contrariado por no poder dar una explicación a lo visto, exclama: ¡Cómo nos ha engañado! Es habitual escuchar expresiones de este estilo: "Con esto de la magia, te quedas con la peña...". Ni que decir tiene que la magia nada tiene que ver con "quedarse con la peña". Resulta cansino repetir una y otra vez que hacer magia es mucho más (o mucho menos) que una estéril lucha de egos. Sorprendentemente, esto mismo ya ocurría en los albores de la magia moderna, allá por finales del siglo XIX, como lo demuestran estas líneas del brillante mago Jean Eugène de Robert-Houdin:
"El hombre vulgar no ve en los juegos de escamoteo más que un desafío a su inteligencia, y para él las sesiones de prestidigitación acaban en un combate del que quiere salir vencedor a todo trance.
Siempre en guardia contra las palabras doradas con ayuda de las que la ilusión se opera; no escucha nada y se encierra en este inflexible razonamiento:
- El escamoteador -dice- tiene en su mano un objeto que quiere hacer desaparecer. Pues bien; dice esto para distraer mi imaginación, mi vista no se quitará de sus manos, y el juego no podrá hacerse sin que sepa cómo está hecho.
Saqué en consecuencia que el escamoteador, cuyos artificios se dirigen particularmente al talento, debe redoblar la destreza para despistar esta obstinada resistencia.
El rasgo siguiente viene en apoyo de mi opinión.
Un aldeano se encontraba en una asamblea de sabios; uno de los miembros vino a someter a sus doctos cofrades esta interesante pregunta:
¿Porqué cuando se introduce un pez en un vaso completamente lleno de agua, el líquido no rebosa?
Entonces cada uno se quebró la cabeza en buscar la manera de dar explicación a este singular fenómeno. Pero por más que se hablaba, ningún razonamiento obtenía la aprobación de la asamblea y las disertaciones continuaban hasta lo infinito, cuando el aldeano pidió la palabra.
- En lugar de tanto discurrir -dijo-, ¿no sería preferible meter primero el pez en el vaso de agua? Se vería lo que resultaba y sería mejor medida discutir en seguida sobre el objeto.
Se siguió este consejo, tan sencillo com sabio, y la solución del problema fue bien pronto encontrada; el pez hizo rebosar el líquido.
Los sabios se apercibieron de que habían sido víctimas de una broma.

Al contrario, el hombre de talento, que asiste a una sesión de prestidigitación, va con el sólo objeto de gozar de ilusiones, y lejos de poner obstáculos a los juegos de física, es el primero en favorecer la ejecución. Es engañado, pero está satisfecho, puesto que ha pagado para eso. Sabe además, que estas recreativas decepciones no pueden menoscabar su reputación de hombre inteligente. Es por esto por lo que se abandona con confianza a los razonamientos del prestidigitador, sigue complacientemente en todos sus desarrollos y se deja fácilmente alucinar".
Texto extraído del libro Confesiones de un prestidigitador, de Jean Eugène de Robert-Houdin (Editorial Frakson).
LA TIERNA HISTORIA DEL CONEJITO EN LA CHISTERA

Seguro que has visto mil veces la imagen de un conejito asomando de una chistera como uno de los más (si no el que más) repetidos símbolos del ilusionismo. Sin embargo, ojo al dato: ¿cuántas veces has visto a un mago de verdad hacer este juego? Quiero decir: sacar un conejito (y no un ramo de flores o una paloma) de una chistera (y no de una caja o un cubo). Ninguna. Vaaaale, y si alguien lo ha visto UNA vez en su vida, que responda: ¿cuántos otros juegos no has visto repetidos cientos de veces? Confieso mi escasa simpatía por el gazmoño conejito recién centrifugado que aparece del sombrero de copa, así que me gustó mucho descubrir en qué bonita historia tiene su origen. Hela aquí:
'El origen de esta ilusión no puede ser más disparatado. Empezó la cosa a finales de 1726, en la casita que el matrimonio Tofts poseía en Godalming, Surrey [Inglaterra]. La apacible vida de Mr. Tofts dio un vuelco cuando una noche, al volver del trabajo, su señora, entre agitamientos y sudores le explicó que había entrado en el hogar un enorme conejo blanco que la había violado [sic].
Imagínense a Mr. Tofts batiendo la plusmarca mundial de estupor. El buen señor se fue esa noche a la cama convencido de que su cónyuge estaba chiflada. A las pocas semanas la anterior plusmarca quedó hecha añicos ante lo que vieron los desorbitados ojos de Mr. Tofts: Mary Tofts estaba rodeada de unos tiernos conejitos blancos que, según decía, acababa de parir. La noticia corrió por Surrey tan deprisa que no pudo pararse en sus fronteras y siguió difundiéndose por Gran Bretaña toda.
Hasta las augustas orejas del rey Jorge I llegó la historia de los retoños gazapos de Mary. El monarca envió al equipo médio de la Corte a investigar el acontecimiento. Los galenos acudieron al pueblo y consultaron al médico que había explorado a tan zoológica madre -[llamado] John Howard- quien afirmó que, en efecto, los nacimientos se habían producido.
En estas estaban los doctores cuando Mary Tofts aseguró que había vuelto a visitarla su enamorado conejo y que estaba de nuevo embarazada, así que pensaron que lo suyo sería trasladarla a Londres para hacerle allí un estudio en profundidad. Un astuto médico la amenazó con una peligrosísima intervención quirúrgica, ante lo cual Mary tuvo que confesar que todo el asunto era una farsa que había inventado ella solita.
Aprovechando la popularidad de lo sucedido, como hacían los músicos ambulantes que parodiaban con éxito la invención de Mrs. Tofts, algún prestidigitador trasladó la historieta a su ámbito, y de un tricornio vacío extrajo un conejito blanco'.
Texto extraído del libro Aventuras de 51 Magos y un fakir de Cuenca, de Ángel Idígoras (Editorial Páginas), el cual recomiendo sin reserva a aprendices de mago y a los amantes del lado más friki de la vida.
Asimismo, existe una versión más rigurosa y con abundante bibliografía adicional en
20 grandes fraudes de la Historia, de Santiago Camacho (Editorial EDAF).
*DIJISTE TRICORNIO?
En la historia anterior se aventura que el primer conejo pudo salir más bien de un tricornio que de una chistera. A diferencia de la del huevo y la gallina, la pregunta ¿qué fue antes, el conejo o la chistera? tiene fácil solución, ya que no hubo chisteras en el mundo hasta 1797. Vean cómo fue la cosa:
"John Etherington, un londinense propietario de una lujosa mercería en el Strand, salió de su tienda al atardecer del día 15 de enero de 1797. A su paso iba levantando murmullos y los otros peatones con una mezcla de sorpresa y risa en el rostro lo señalaban con el dedo. Pronto una multitud se congregó a su alrededor, estalló un tumulto y alguien rompió el escaparate de una tienda. Etherington, un comerciante de reputación intachable, fue arrestado por alterar el orden. ¿Qué había ocurrido? Etherington había creado una nueva moda. La gente se congregaba alrededor de John Etherington atraídos por el extraño sombrero que llevaba y que había sido diseñado por él mismo. El Times lo describió como negro y alto como una chimenea y hoy lo conocemos como sombrero de copa. Un mes después de que el sombrero de copa fuera protagonista de esta algarada callejera John Etherington no podía cumplimentar la gran cantidad de encargos que tenía".
Texto extraído del libro Las cosas nuestras de cada día, de Charles Panati (Círculo de Lectores).

UN TRUCO JAMÁS SUPERADO

Harry Blackstone fue el mago más popular de la América de los años '30 y '40. A lo largo de su dilatada trayectoria artística hizo toda clase de juegos de magia, desde hacer aparecer conejitos de las páginas de un periódico hasta las más impresionantes Grandes Ilusiones. En 1942 realizó la que muchos juzgan la mejor actuación de la historia de la magia. Fue en Decatur, Illinois (Estados Unidos), cuando Harry Blackstone anunció a su público que el siguiente truco sería tan increíble y espectacular que todo el público debía salir a la calle para verlo, lo cual los espectadores hicieron puntualmente, supervisados por el mismo Blackstone. Una vez fuera, descubrieron con espanto que se había declarado un incendio en el teatro. La sangre fría de Harry Blackstone permitió una salida ordenada que muy probablemente salvó más de una vida.